sábado, 22 de febrero de 2014

NAVIGIUM ISIDIS




El Navigium Isidis también es llamado el Festival del Barco de Isis, se remonta a los tiempos del Imperio Romano y se celebraba a lo largo de todo el Mediterráneo. La mayoría de los estudiosos creen que se celebraba el 5 de Marzo, mientras que otros piensan que tiene lugar en la primera luna llena después del equinoccio de primavera. Esta fiesta ya fue celebrada en el Egipto Ptoloméico en el siglo III a.C hasta su desaparición en el año 395 d. C.

Este Festival tenía carácter anual en el Imperio Romano y se honraba a la diosa Isis. Ella es la diosa de los diez mil nombres, muchos son sus atributos y sus epítetos entre los que encontramos "Isis Pelagia" (Isis del Mar) o Isis Afrodita. Es la señora de las aguas, una divinidad marítima, por mar vino y se propagó su culto por el Mediterráneo, siendo muy popular entre los romano. 

El Navigium Isidis marca el comienzo de la temporada de la navegación y el fin del invierno, mare clausum. Ya que Isis protegía a los mercaderes y marineros, no es de extrañar la existencia de esta fiesta en honor a la diosa. No debemos olvidar el origen egipcio de la diosa Isis, ya que esta fiesta podría estar relacionada con la búsqueda que realizó Isis de las partes de su marido desmembrado Osiris por la traición de su hermano.



Este festival estaba compuesto por una procesión y el lanzamiento de la barca de Isis. La procesión llamaba mucho la atención entre los ciudadanos y era muy seguida, sobre todo entre las clases bajas ya que era una de las pocas ocasiones que podían ver la imagen de Isis. Además que confería una aire exótico dentro de la sociedad romana, que tanto gustaba a las clases altas todo lo relacionado con Egipto y la diosa Isis.  

La salida de la procesión tenía lugar en el Iseum situado en el monte Aventino de Roma. En la cabeza de la procesión, se situaban los magistrados, gladiadores, filósofos y hombres vestidos con trajes pelucas y sandalias doradas. También formaban parte del cortejo animales exóticos como osos, burros caminando junto a los manjares. A continuación encontramos a una joven vestida de blanco tirando pétalos de flores y engalanando la calle para la diosa Isis. Otras personas perfumaban la calle con inciensos, y era una multitud de hombres y mujeres que iluminaban el camino de la diosa con sus velas y antorchas. Entre los participantes de la procesión también había músicos y cantantes, más tarde veríamos aparecer a los iniciados de Isis con sus vestidos de lino blanco, las mujeres llevaban un velo de casa en el pelo y los hombres la cabeza rapada, ambos tocando el sistro llenando las calles con el tintineo del sonajero sagrado de la diosa Isis. Cerrando el cortejo estaban los Sacerdotes que portaban la figura de Isis, y otros dioses además de pequeños altares personales.

Pero para describir el Navigium Isidis que mejor que leer unos fragmentos de la obra "El Asno de Oro" de Apuleyo.
"Aquí me ves, Lucio, en respuesta a tu plegaria. Sepas que soy madre y naturaleza universal, señora de todos los elementos, principio primordial de los tiempos, soberana de todas las cosas espirituales, reina de la muerte, de los oceános, y también reina de los inmortales, la única manifestación de todos los dioses y diosas, mi gesto manda sobre las alturas resplandecientes del cielo, la saludable agua del mar y los secretos lloros del infierno. Aunque soy adorada en muchos aspectos, y conocida por nombres innumerables... los troyanos, que fueron los primeros que nacieron en el mundo, me llaman Pesinuntica, madre de los dioses, los atenienses, naturales y allí nacidos, me llaman Minerva y cecrópea, Pesinuntica, medre de los dioses, los atenienses, naturales y allí nacidos, me llaman Minerva cecrópea, y también los de Chipre, que moran cerca de la mar, me nombran Venus Pafia, los arqueros y sagitarios de Creta, Diana, los sicilianos de tres lenguas me llaman Proserpina, los eleusino, la diosa Ceres antigua y otros me conocen como Juno, otros Bellona, otros Hectes, otros Ranusia pero los egipcios que se destacan en el aprendizaje y culto antiguo, me llaman por mi nombre verdadero... Reina Isis.


Ya desfilan, a paso lento, en cabeza de la solemne comitiva y abriéndole paso, los bellísimos disfraces votivos que cada cual se ha amañado a su gusto. Uno llevaba un correaje y hacía de soldado; otro, con su capa, sus polainas y sus venablos, hacía de cazador; un tercero llevaba zapatos dorados, bata de seda y un aderezo de valiosas joyas; su peluca postiza y su movimiento de caderas completaban el disfraz femenino. Otro llamaba la atención con sus grebas, su escudo, su casco y su espada: parecía salir de la escuela de gladiadores. Había quien, precedido por las fasces y vestido de púrpura, hacía de magistrado; y quien, con un manto, un bastón, unas sandalias de fibra vegetal y una barba de macho cabrío, hacía de filósofo. Había un cazador de pajaritos con cañas y liga, y un pescador con otra clase de cañas y anzuelos. También vi una osa mansa: iba en litera, disfrazada de dama distinguida; un mono con un gorro de paño, con vestido amarillo a la moda frigia y con una copa de oro en la mano recordaba al pastor Ganimedes; un asno al que habían aplicado un par de alas caminaba junto a un viejo achacoso: querían ser respectivamente Belerofonte y Pegaso: ambos daban mucha risa.
Entre estas diversiones y algaradas populares de libre organización, ahora emprendía la marcha la verdadera procesión de la diosa protectora. Unas mujeres con vistosas vestiduras blancas, con alegres y variados atributos simbólicos, llenas de floridas coronas de primaverales, iban caminando y sacando de su seno pétalos para cubrir el suelo que pisaba la sagrada comitiva. Otras llevaban a su espalda unos brillantes espejos vueltos hacia atrás: en ellos la diosa en marcha podía contemplar de frente la devota multitud que seguía sus pasos. Algunas llevaban peines de marfil y con gestos de sus brazos y movimiento de los dedos parecían arreglar y peinar a su reina. Entre ellas las había que, como si gota a gota perfumaran a la diosa con bálsamo y otras materias olorosas, inundaban de aroma las calles. Además, una gran multitud de ambos sexos llevaban lámparas, antorchas, cirios y toda clase de luces artificiales para atraerse las bendiciones de la madre de los astros que brillan en el cielo. Seguía, en deliciosa armonía, un conjunto de caramillos y flautas que tocaban las más dulces melodías. Detrás venía un coro encantador, integrado por la flor de la juventud con su traje de gala, tan blanco como la nieve: iban repitiendo un himno precioso, letra y música de un poeta mimado por las Musas: la letra contenía ya como una introducción a los votos más solemnes. Formaban en el cortejo los flautistas consagrados al gran Serapis, que con su instrumento lateralmente dispuesto y apuntando al oído derecho, repetían el himno propio del dios y de su templo. Independientemente estaba el nutrido grupo de quienes chillaban porque se dejara paso libre a la piadosa comitiva.
Entonces llega la riada masiva de los iniciados en los divinos misterios: hombres y mujeres de todas las clases sociales, de todas las edades, flamantes por la inmaculada blancura de sus vestiduras de lino. Ellas llevaban un velo trasparente sobre sus cabellos profusamente perfumados. Ellos, con la cabeza completamente rapada, lucían la coronilla, como astros terrestres de veneración sus sistros de bronce, de plata y hasta de oro formaban una delicada orquesta. Los pontífices sagrados, como grandes personajes, iban enfundados en blancos lienzos que les ceñían el pecho y les caían sin vuelo ninguno hasta los pies; llevaban los símbolos augustos de los dioses todopoderosos. El primero sostenía una lámpara de gran luminosidad, pero que no recordaba en nada las que iluminan nuestras comidas vespertinas: era una naveta de oro, que en el centro de su cubierta echaba una abundante llama. El segundo, de igual indumentaria, sostenía con ambas manos un altar, es decir, un altar “del Amparo”, pues debe su nombre específico a la auxiliadora providencia de la diosa soberana. El tercero llevaba una palma de oro artísticamente forjada y además el caduceo de Mercurio. El cuarto exhibía el símbolo de la justicia, esto es, la palma de la mano izquierda completamente abierta: por su peculiar torpeza, su absoluta inhabilidad para trucos de prestidigitación, parecía más apta que la derecha para representar a la Justicia; también llevaba un pequeño vaso de oro, moldeado en forma de tetina; con ese vaso iba haciendo libaciones de leche. Un quinto ministro llevaba una zaranda de oro llena de ramitas de oro; y el sexto iba cargado con una ánfora.


Inmediatamente detrás, accediendo a caminar sobre piernas humanas, marchan ahora los dioses. El primero, de aspecto sobrecogedor, eral el gran mensajero que enlaza el cielo y el infierno: su rostro negro y dorado, pero ciertamente sublime, sobre su largo y erguido cuello de perro; se llama Anubis; lleva un caduceo en la mano izquierda y agita con la derecha una palma verdosa. Le iba a la zaga una vaca levantada en ancas; esa vaca, símbolo de la fecundidad, encarnaba a la diosa madre universal; iba apoyada a la espalda de un santo sacerdote que la sostenía sin perder su hierática compostura. Otro sostenía la cesta de los misterios: guardaba celosamente en su interior los secretos de la sublime religión. Otro llevaba sobre su bienaventurado corazón la venerable imagen de la divinidad suprema, sin encarnarla ya en forma de un animal doméstico, de un ave, de una fiera, ni tampoco de un ser humano; por un ingenioso descubrimiento, cuya novedad en sí ya inspiraba respeto, ideó un símbolo inefable para esa religión envuelta en el mayor y más misterioso secreto: se acudió a la forma material –en oro puro- de una pequeña urna muy artísticamente vaciada, de fondo perfectamente esférico y cuyo exterior iba decorado con maravillosas figuras del arte egipcio. Su orificio de desagüe, no muy alto, se prolongaba por un caño a modo de largo chorro; del lado opuesto sobresalía en amplia curva el contorno del asa, a cuyo vértice iba anudado un áspid con la cabeza muy erguida y el dilatado cuello todo erizado de escamas."


Después de la procesión, se botaba el barco al mar donde los fieles ofrendaban a la diosa Isis, rezaban, cantaban himnos etc.

El Navigium Isidis es una fiesta que ha sobrevivido después de la cristianización del Imperio Romano, de hecho la procesión por mar de la Virgen del Carmen es una evolución de este festival. Actualmente se sigue representando esta procesión de Irun (Pais Vasco) y muchos son los seguidores de Isis que siguen celebrando en las orillas de las playas el inicio de la primavera en su honor.





Bibliografía

"La Magia de Isis" de Isadora Forrest
"El Asno de Oro" de Apuleyo
http://cisbsetenil.blogspot.com.es/2013/10/el-culto-y-la-brujeria-de-la-diosa.html
http://archeoroma.beniculturali.it/ParoleDiPietra/religione_04navigium.htm
http://arcana-mundi.blogspot.com.es/2013/03/calendario-religioso-romano-navigium.html

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